La electricidad siempre ha sido un problema para la competitividad dominicana. Sin excepción, todos los grandes y exitosos sectores industriales exportadores han necesitado ingeniárselas para producir su propia energía aislada del resto de la economía. Son los casos del azúcar, el ferroniquel, el turismo y hasta las textileras de zonas francas que no son, como las anteriores, intensivas en el uso de electricidad.
A finales del siglo 19 y durante todo el siglo 20, la gran industria azucarera movió sus maquinarias a vapor eficientemente con el uso del bagazo de caña como combustible, electrificó parte de los bateyes y pueblos aledaños y hasta vendía excedentes al resto del país. En manos estatales corruptas y luego privadas le llegó la muerte prematura a esta industria y su potencial eléctrico quedó sin legado.
Para el ferroniquel, a final de los años sesentas, la empresa Falconbridge instaló sus propias plantas generadoras con tecnología a vapor y combustible pesado muy similar a las que también instaló la CDE en los parques de Haina e Itabo. Mientras el gobierno dejó deteriorar las de CDE hasta tener que venderlas a precio de vaca muerta en la capitalización, las de Falconbridge se mantuvieron y mantienen generando a precios competitivos y ahora venden en el mercado eléctrico.
Luego el turismo, en los años ochentas, también hubo de inventarse sistemas aislados, promover la creación de empresas especializadas en generación y distribución (incluyendo los poblados aledaños) que se gestionan con alta eficiencia y bajos niveles de perdidas técnicas y fraudes. Son los casos de Punta Cana, Bayahibe, Samaná y La Romana.
Y más reciente, el caso de la industria de vestimenta de zonas francas. Bajo circunstancias normales, el costo de electricidad para industrias no-intensivas en su uso, tales como las textileras, no debería ser un factor importante que decida la competitividad internacional de sus productos. Pero aquí no ha sido así, la electricidad ha sido un serio problema para ellas, particularmente a partir de la capitalización.
Pensando en competitividad y para forzar la competencia entre generadores y la eficiencia de las distribuidoras, la Ley General de Electricidad de 2001, estableció incentivos tributarios a los que instalasen su propia generación con combustibles renovables (agua, viento), e implantó el concepto de usuario no regulado (UNR).
No es casual que las empresas de zonas francas fueron de las primeras que la Superintendencia otorgó estatus de UNR. Esta categoría de clientes pueden licitar su propia demanda de electricidad directamente con los generadores, sin la intermediación de las distribuidoras, permitiendo que sus costos se reduzcan más de la mitad y sin el pago de impuestos o contribuciones especiales.
La manzana de la discordia en este punto siempre ha sido el tamaño mínimo necesario para optar por el estatus de UNR que solo puede otorgar la Superintendencia de Electricidad. La ley estableció un inicio relativamente alto (2 megavatios de demanda) que no más de 50 empresas en el país demandan. Sin embargo, este umbral se desmontaba hasta llegar al día de hoy a una décima parte (0.2 megavatios), que incluye a miles de empresas y hasta residenciales, edificios y centros comerciales.
Desgraciadamente, desde 2004, la Superintendencia ha mantenido ilegalmente congelada la asignación de estatus de UNR en complicidad con las empresas distribuidoras y se propone modificar la ley para evitar la proliferación de UNRs. Ciertamente, las distribuidoras perderían cerca de una tercera parte de su demanda por clientes que, además, son los que mejor pagan. Claro, uno esperaría que a ocho años del inicio de operaciones de las distribuidoras estas fueran mucho más eficientes de lo que son.
Difícil entender por qué la Superintendencia no ha sido demandada por estas empresas, pero si es demandada por la distribuidora AES-Edeeste simplemente por que esta disposición existe en violación, según ellos, a lo acordado en los contratos de la capitalización que esta misma administración les firmó.
Un estudio reciente del Banco Mundial sobre los obstáculos a la competitividad dominicana, cita la calidad y costo de la electricidad al tope de la lista (81% de las empresas encuestadas así lo perciben).
Más importante y preciso es el resultado del estudio también reciente de PAConsulting (para Egehaina), una empresa especializada en este tema y con mucha experiencia en el país. Los resultados comparativos de PAC son complejos, diferencia precios de generación y los de distribución comparando tecnologías similares, contratos, riesgo-país y poder adquisitivo entre países, pero la dirección general es clara.
Los precios de generación eléctrica dominicanos no se alejan del promedio de países comparables (excepto en el caso de precios de contratos IPPs que otorgaron las administraciones de Balaguer y Leonel Fernández que si son mucho más altos). Sin embargo, los precios de distribución están muy por encima de dicho promedio. Es decir, es un necedad insistir en el Acuerdo de Madrid, siendo que lo esencial del problema esta en las distribuidoras y en los precios de los contratos IPPs.
Ahora bien, la competitividad no solo depende de electricidad, sino que este se ha unido de forma perversa e inoportuna a excesivamente altos precios de transporte, crecientes impuestos y persistente sobre-valoración del peso dominicano frente al dólar para erosionar la competitividad de los exportadores a nivel nunca antes experimentado por ellos.
No es casual que no se haya instalado en el país ni una sola gran empresa exportadora desde 2004 (como tampoco un solo nuevo kilovatio de generación eléctrica), al contrario, esta documentado como se han ido las empresas y como se han reducido las exportaciones. Cayeron incluso las exportaciones de aquellas empresas que lograron reducir sus costos de energía alcanzando estatus de UNR o instalando sus propios generadores de electricidad, confirmando que no es solo eléctrico el problema.
El otro problema, quizás más grave de cara a un futuro con DR-CAFTA, esta en que el alto precio de electricidad inhibe que se revelen las ventajas competitivas del país, porque inhabilita a muchas empresas existentes y a muchos inversionistas potenciales de establecer nuevas líneas de exportación.
La RD puede abaratar sus precios de electricidad y ampliar su oferta, tal como se logró reducir el precio en 30% e instalar 504 megavatios nuevos y mejorar la eficiencia de 460 al cambiar a gas y carbón con el Acuerdo de Madrid. Esta administración quiso imitar la hazaña tratando de renegociar lo ya renegociado, y lo que ha hecho es perder un tiempo valioso, envenenar el clima de negocios, ser demandada y hacer el ridículo.
El punto esta en que, como decía Milton Friedman “there’s no such a thing as a free lunch” (no hay tal cosa como un almuerzo gratis). Esta administración no ha logrado diseñar e implementar una estrategia creadora de valor y eficiencias que nos ponga en la dirección de abaratamiento del precio de electricidad.